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De salas compartidas a una sede propia: FACEA UC cumple 50 años en San Joaquín

2 noviembre, 2026


En 1976 la Facultad dejó Los Domínicos y llegó a un campus casi vacío, compartido con otras disciplinas. Desde entonces, su comunidad hizo de San Joaquín su casa, con un aporte clave de sus egresados.

“Casi pura tierra”. Así recuerda Julio Gálvez, académico de la Escuela de Administración, el campus San Joaquín de 1976. Ese año llegó como estudiante, junto con el traslado de la Facultad de Economía y Administración desde Los Domínicos. El metro no llegaba hasta el sector y la mayoría de los alumnos viajaba en micro. Apenas había algunos edificios, como el de Ingeniería. Existían “muy pocas instalaciones que hicieran amigable la vida acá”, cuenta.

En Los Domínicos, en cambio, la Facultad era la única del campus y todos se conocían. “Era como un colegio”, dice Gálvez. Por eso, él y sus compañeros vivieron el traslado como “una pérdida de comunidad, de pérdida de identidad”. Así también lo recuerda el exdecano Mario Albornoz en el libro “Una trascendental experiencia académica”, del historiador Gonzalo Vial Correa: “Con pena abandonamos el paradisíaco y arbolado campus de Los Domínicos por el campus San Joaquín, un barrio industrial, un peladero lejísimo de nuestras casas”.

Medio siglo después, esa comunidad es mucho más grande. Según la Memoria 2025, hoy la integran 2.599 estudiantes de pregrado, 89 académicos de planta y 128 profesionales y administrativos. A ellos se suma una red de más de 10.000 ingenieros comerciales UC egresados. Detrás de esas cifras hay una historia que se construyó de a poco y en la que los egresados tuvieron un rol clave.

Un campus compartido

La Facultad nació en 1924 en la Casa Central de la UC, con el nombre de Facultad de Comercio. En 1967 se trasladó a Los Domínicos, donde estuvo nueve años. Su llegada a San Joaquín fue mucho más que un cambio de espacio. Desde los años sesenta, la UC buscaba reunir en ese terreno a la mayor parte de sus unidades académicas. Ingeniería fue la primera en instalarse y, durante los setenta, se levantaron edificios como los de Agronomía y Matemáticas. Así, tras casi una década sola en su campus, la Facultad pasó a convivir con estudiantes y académicos de otras disciplinas.

Durante 12 años no tuvo un edificio propio. Según el libro de Vial, funcionó en tres construcciones que sumaban 3.500 metros cuadrados. Eran incómodas, estaban mal ventiladas y no tenían aislamiento al frío, el calor ni al ruido. Los baños, los casinos y los computadores se compartían con otras carreras. Las clases se hacían en las salas N, frente a la Biblioteca Central. Los alumnos eran tan pocos que, según Gálvez, “con ocho salas o diez salas bastaba”.

El decano de la Facultad, José Miguel Sánchez también recuerda esos años. De hecho, fue parte de la generación de 1977, la primera de ingenieros comerciales que estudió completamente en San Joaquín. Las salas N se compartían con Psicología, Sociología y otras carreras de ciencias sociales. “Como costaba tanto llegar, nos veníamos en la mañana temprano y nos quedábamos todo el día. Hacíamos mucha vida de patio. Era muy divertido, muy entretenido”, cuenta. 

La apuesta de los egresados

Esa situación cambió gracias a la Fundación de Egresados, organización creada en 1957 por el ingeniero comercial Washington Cañas para apoyar a la Facultad desde sus egresados. Para Vial, la pérdida de Los Domínicos tuvo “un rebote positivo, vital para el futuro de la facultad”, porque revivió a la Fundación.

En el campus había una obra gruesa paralizada, que había sido pensada para Ciencias Biológicas. En 1987, la Fundación compró esa estructura y su terreno, con la idea de terminarla e instalar ahí a la Facultad. “Como ya estaba la obra gruesa, en realidad era solo terminarlo”, explica Pablo Castillo, presidente de la Fundación de Egresados entre 2007 y 2013.

Para lograrlo, la Fundación hizo una campaña entre los exalumnos. “Con eso se compraron las ventanas, las puertas, los pisos, la iluminación y se pudo habilitar ese edificio”, cuenta Castillo. Los profesores también se sumaron. Durante tres años aportaron el 1% de sus sueldos para financiar el nuevo edificio. 

Bajo un mismo techo

En marzo de 1988, la Facultad se trasladó a su nueva sede, terminada y adaptada por los arquitectos Núñez, Flaño y Tuca. Tres meses después, en junio, fue inaugurada oficialmente. Con 6.500 metros cuadrados, alumnos y profesores pasaron a tener casi el doble de espacio.

El edificio estaba rodeado de palmeras y se podía entrar por el centro o subir por una de las dos escaleras de ladrillo que llevaban al segundo nivel. Adentro, el pasillo también tenía palmeras, que se veían desde arriba. Por eso, entre los estudiantes, pronto se le conoció como el Parque Arauco de San Joaquín.

Pero el mayor cambio no fue el edificio, sino volver a estar juntos. “Se retomó la idea de comunidad, porque estamos todos juntos, porque todas las clases eran ahí mismo”, recuerda Gálvez. Para él, esa idea sigue viva hasta hoy.

Una sede que sigue creciendo

Con los años, la comunidad siguió creciendo. Hacia 2010, según Castillo, la Facultad tenía cerca de 1.500 alumnos y su plan estratégico proponía crecer alrededor de un 70% en pregrado. La sede de 1988 empezaba a quedar chica y no cumplía con los estándares actuales. “En invierno era un congelador y en el verano, un horno”, recuerda Sánchez, quien impulsó la remodelación como decano.

En 2016, la Fundación donó el edificio a la universidad, que se comprometió a financiar su renovación. Las obras partieron en 2018 y se hicieron en cuatro etapas, hasta noviembre de 2025.

En marzo de 2018 partieron las obras. Como primera piedra se usó un trozo de la antigua escalera de ladrillo, la misma por la que se entraba al edificio desde 1988. El proyecto, a cargo de OMN Arquitectos, se desarrolló en cuatro etapas. La primera se inauguró en 2019 y la última, en noviembre de 2025.

Para Sánchez, el problema era que la sede le daba la espalda al campus. “Estamos en el mejor lugar del campus, al lado del parque y no lo aprovechamos”, cuenta. Por eso, el arquitecto a cargo de la obra, Osvaldo Muñoz, de OMN Arquitectos, giró la entrada principal hacia el interior del campus y creó espacios de encuentro, como salas de estudio, el casino con sus terrazas y el patio San Francisco. Según Muñoz, estos son lugares que, “dada su espacialidad, amplitud y luminosidad, proveen las condiciones necesarias para facilitar la vida en comunidad de la Facultad”.

Hacia adelante, el desafío es que esa comunidad siga encontrándose. La Facultad trabaja en un plan de desarrollo para los próximos cinco años, en el que la presencialidad es un foco central. “Para generar comunidad hay que verse las caras, hay que estar acá, hay que encontrarse”, afirma Sánchez. “Uno aprende tanto más que en la sala de clases. Aprende con los compañeros, con el grupo de estudio, donde uno de verdad se cuestiona lo que está aprendiendo”.

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