Egresados

Columna egresados: Constanza Vergara Delgadillo

1, diciembre 2021

Ingeniera Comercial UC generación 2002. PhD Economía de la Universidad de Pennsylvania. Consultora Banco Mundial.  

La palabra Feminismo suele ser conflictiva, ya que tiende a aunar a grupos de personas que tienen desacuerdos fuertes en temas importantes. A mí la palabra nunca me ha complicado, y si bien no siempre he estado de acuerdo con algunas feministas, me he considerado una durante toda mi adultez. Pero convertirme en madre fue lo que me lanzó de lleno al feminismo. Por primera vez me encontré con una carga tan grande, que me estaba impidiendo llevar a cabo los planes que había hecho. En esta columna me gustaría compartirles mi reflexión sobre la importancia del feminismo, como una colega que se convirtió en madre. 

En primer lugar, me parece importante transparentar que las estructuras de poder han sido creadas por hombres y para hombres, y en muchos casos, activamente excluyendo a las mujeres. Es un hecho duro, difícil de digerir, pero fundamental de entender para poder avanzar. Esto se manifiesta, por ejemplo, en que haya mujeres sacándose leche en los baños o que los horarios laborales sean incompatibles con cuidar de los hijos. Un profesor me dijo, con la mejor de las intenciones y un año antes de quedarme embarazada, que tener hijos durante el doctorado era una de las peores decisiones que podía tomar. Cuando me vi embarazada, traté de ocultarlo por el mayor tiempo que pude: sentía que le había fallado a los profesores que habían confiado en mí. Y ese profesor probablemente tenía razón, la maternidad no es compatible con la forma que se ha diseñado un programa de doctorado. Yo me demoré dos años más de lo planificado graduarme y a un gran costo personal. Me atrevo a aventurar que la maternidad y la crianza no son compatibles con la forma que se ha diseñado gran parte del mercado laboral. Si bien he conocido mujeres excepcionales que han logrado compatibilizar la maternidad con sus carreras profesionales, no me parece justo pedirles a las mujeres que sean excepcionales para que puedan tener independencia económica o desarrollar sus habilidades. 

Muchas de mis compañeras han decidido autoexcluirse; ser excepcional es una tarea titánica. El grave problema de estar excluidas, por otros o por uno mismo, es que la falta de representación de mujeres en el mundo laboral hace que nuestras necesidades sean menos importantes y, por lo tanto, no sean abordadas. A modo de ejemplo, el año 2011, un estudio de la Universidad de Virginia encontró que la probabilidad que una mujer tenga lesiones graves en un accidente de auto es 47% más alta que la de un hombre – controlando por la gravedad del accidente- debido a que los maniquíes usados para probar la seguridad de los autos están diseñados considerando a un hombre promedio. 

Es natural para los seres humanos pensar que nuestras necesidades coinciden con la de los demás. Sacar conclusiones generales sobre nuestro caso particular es parte de la forma en que nos adaptamos al medio ambiente. Si nunca has necesitado una rampa para una silla de ruedas, es difícil notar que un edificio no la tiene. Excluir la crianza del mercado laboral impide que éste se adapte a las necesidades de la familia, y excluir a las mujeres del mercado laboral lleva a que lo que produce nuestra sociedad no se adapte a sus diferentes necesidades. Quiero invitar a las mujeres a atreverse a hablar de las dificultades que tienen, sin sentirse una molestia o que están decepcionando a alguien. La sociedad necesita mujeres que confíen en sí mismas y comuniquen esa confianza a otros, para que sigamos haciéndonos un espacio y abramos puertas.

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