El valor de la comunidad como un factor de cambio

18 de noviembre 2020 | Egresados

Por Magdalena Lustig F., Ingeniera Comercial generación 2004. Directora Fundación Comunidad Juguete

Sin lugar a duda que hemos aprendido mucho en el último año. Y muchos hemos hecho un camino tanto en lo personal como en nuestros equipos de trabajos, empresas y cercanos. Mi hermana y yo lo recorrimos juntas. Y en él, decidimos hacer una fundación llamada Comunidad Juguete. ¿En qué consiste? En instalar juguetecas donde los niños puedan sacar juguetes y llevárselos a sus casas. Son como bibliotecas, pero de juguetes. Un modelo ya probado en el mundo donde existen más de 10.000. Sólo en la ciudad de Paris podemos encontrar más de 200. Nosotras lo conocimos por Nueva Zelanda.

En nuestra fundación nos preocupamos de chilenizar el modelo, desarrollando una web que nos dé soporte, un modelo logístico y de gestión y una alianza con la empresa Paris quien nos provee juguetes que ellos refaccionan de su campaña Juguete x Juguete. Nosotras soñamos con que un día existan juguetecas en cada barrio de nuestro país.

Es un modelo muy simple pero muy claro. A través de él buscamos proteger la infancia asegurando espacios y momentos de juego, demostrar que la economía circular es posible y enseñar que la comunidad exige responsabilidad, pero a cambio entrega un sin número de beneficios. 

Si algo nos dejó también la pandemia, es ver cómo países que creen en el valor de la comunidad, con sus derechos y deberes, salieron exitosos de todo esto. Sino, miremos a Nueva Zelanda fiel defensor de la comunidad, donde pudieron hacer a conciencia una cuarentena de 4 semanas y salir airosos.  ¿Es porque son una isla o porque tienen más recursos que Chile? Puede ser, pero también vemos muchos otros que poseen estas características y los resultados fueron muy distintos. 

En Chile poseemos un concepto muy primario de la comunidad. Nos cuesta entenderla y protegerla y poner sus intereses por sobre los personales cuando la situación lo requiere. En general, nos preocupamos de nuestros pares y amigos ( lo que está muy bien) pero se nos olvida que muchas veces los objetivos pueden cumplirse sólo a través del trabajo común.

Como fundación sentimos que ese cambio cultural tiene que producirse. Que no vamos a combatir el cambio climático, la crisis sanitaria, ni muchos de los desafíos que enfrentaremos como país, sin entender que somos una comunidad y que debemos trabajar juntos. ¿Y qué mejor momento para enseñarles esto a los chilenos que la primera infancia? ¿Qué más claro que explicarle a un niño que si es capaz de donar y compartir juguetes, de cuidarlos y devolverlos puede a acceder a miles en vez usar sólo los que ya tiene en su casa?

El camino no ha sido fácil como Fundación, la pandemia ha mermado recursos tanto en municipalidades como en empresas y, aunque el modelo tiene una tremenda aceptación y es de bajo costo, somos nosotras en este minuto, junto a amigos que nos han donado su tiempo y talento, quienes la hemos levantado. 

Por eso quiero invitar a las empresas a sumarse a este cambio cultural. A que ya sea a través de esta u otras iniciativas, puedan sentirse parte de la construcción de una sociedad mejor. A que crean que los cambios pueden generarse a partir de pequeñas cosas. A apoyar iniciativas que generan un impacto potente tanto para otros como para sus propias empresas. A que conecten con sus consumidores y comunidades.

No es un proyecto ambicioso en términos de recursos, es un proyecto que busca mantener su simpleza porque finalmente pensamos ¿Debe ser tan difícil compartir? Pero sí tenemos claro que, al mismo tiempo, es un proyecto tan ambicioso que se atreve a soñar con un Chile donde todos formemos parte de una misma comunidad.